sábado, 19 de mayo de 2012
Jorge Leonidas Escudero: ATISBOS
Ante la inmensidad
Tal cual
Polinización
viernes, 20 de abril de 2012
TODO ES VERDE- David Foster Wallace
Enciende un cigarrillo y aparta su mirada de mí, tiene un aspecto perverso con el cigarrillo encendido y mirando por la ventana mojada, y no sé muy bien qué decir.
Le digo “Mayfly, no sé muy bien qué hacer ni qué decir y ya no me creo nada de ti”. Pero hay cosas que sí sé. Sé que soy mayor y tú no. Y te doy todo lo que tengo que darte, con las manos y con el corazón. Todo lo que tengo dentro te lo he dado. He estado aguantando y trabajando duro todos los días. Te he convertido en la razón por la cual hago todo lo que hago. He intentado construir una casa para dártela, para que vivas en ella, y he intentado que sea un sitio agradable.
Enciendo otro cigarrillo y tiro la cerilla en el fregadero junto con otras cerillas, platos sucios, una esponja, y cosas de esas.
Le digo “Mayfly, mi corazón la ha pasado mal por ti, pero ya tengo cuarenta y ocho años”. Ya es hora de que no me deje arrastrar por las cosas. Tengo que tomarme una parte del tiempo que me queda para intentar sentirme bien conmigo mismo. Tengo que intentar sentirme como debería. Dentro de mí tengo necesidades que tú ya ni siquiera puedes ver, porque tú tienes demasiadas necesidades que te las tapan.
Ella no dice nada y yo miro por su ventana y noto que ella sabe que yo sé la verdad, y cambia de postura en mi sofá de jardín. Lleva unos pantalones cortos y se sienta encima de las piernas.
Le digo “no importa en realidad lo que he visto o lo que he creído ver”. Esa ya no es la cuestión. Sé que soy mayor y tú no. Pero ahora me siento como si yo te lo diera todo y tú ya no me dieras nada.
Tiene el pelo recogido con un pasador y varias horquillas y la barbilla apoyada en la mano, es muy temprano, parece que ella está fantaseando con salir afuera, a la luz brillante que hay al otro lado de la ventana mojada, junto a mi sofá de jardín.
“Todo es verde” dice ella. Mira que verde es todo Mitch. Como puedes decir que sientes todo eso cuando fuera todo es tan verde.
La ventana que hay junto a mi cocina se ha limpiado gracias a las lluvias torrenciales de anoche y muestra una mañana soleada, todavía es temprano y fuera todo está muy verde. Los árboles son verdes y la hierba más allá de los badenes es verde y está empapada. Pero no todo es verde. Las demás caravanas no son verdes, y mi mesa de camping que está ahí fuera toda llena de agua y de latas de cerveza y de colillas flotando en los ceniceros no es verde, ni tampoco mi camioneta, ni la gravilla del aparcamiento, ni ese juguete de ruedas enormes tirado de lado bajo una cuerda de tender vacía de ropa junto a la caravana de al lado, en donde vive un tipo con unos niños.
Todo es verde dice ella. Lo dice con un susurro y yo sé que ese susurro ya no es para mí.
Tiro mi cigarrillo y le doy la espalda a la mañana con el regusto en la boca de algo que es del todo cierto. Me giro y la miro sentada bajo la luz en mi sofá de jardín.
Ella está mirando fuera, sentada en el sofá, y yo la miro a ella, y hay algo en mi que no consigue cicatrizar cuando la miro. Mayfly tiene un cuerpo hermoso. Y ella es mi mañana. Digo su nombre.
lunes, 20 de febrero de 2012
JOSE PEPE CAMPUS- 2 poemas inéditos

Los siguientes poemas son textos inéditos del poeta sanjuanino José Pepe Campus. Fueron encontrados por Pablo Ramos y publicados en su blog "La arquitectura de la mentira". Él es el encargado de reunir su poesía completa.
Poema I
Tú
y mi tiempo
juntos
en mis manos
una realidad
después
un sueño
sin horarios
Poema II
tal vez
eran los dos
apenas una sombra
desde el principio
los ángeles
temprano los dejaron
caminar hacia el fin de la esperanza
soledad anidó en sus manos
poco a poco en la distancia
ni mínima luz
innecesaria guía en el camino
todo gris de siempre
se volvió negro
sólo una voz desde el desierto
llamó
para darles la única realidad de la
existencia
lunes, 16 de enero de 2012
FIN DE CURSO- Mariana Enríquez

Nunca le habíamos prestado demasiado atención porque era una de esas chicas que hablan poco, que no parecen demasiado inteligentes ni demasiado tontas, y que tienen ese tipo de caras olvidables, esas caras que, aunque una las vea todos los días en el mismo lugar, es posible que no las reconozca en un ámbito distinto y, mucho menos, pueda ponerles un nombre. Lo único que la diferenciaba era que se vestía mal, feo, pero no solamente eso: la ropa que usaba parecía elegida para ocultar su cuerpo. Dos o tres talles más grande, camisas cerradas hasta el último botón, pantalones que no dejaban adivinar sus formas. Sólo la ropa hacía que nos fijáramos en ella, apenas para comentar su mal gusto o dictaminar que se vestía como una vieja. Se llamaba Marcela. Podía haberse llamado Mónica, Laura, María José, Patricia, cualquiera de esos nombres olvidables, intercambiables, que suelen tener las chicas en las que nadie se fija. Era mala alumna, pero rara vez recibía la desaprobación de los profesores. Faltaba mucho, pero nadie comentaba su ausencia. No sabíamos si tenía plata, de qué trabajaban los padres, en qué barrio vivía.
No nos importaba.
Hasta que, en la clase de Historia, alguien dio un pequeño grito asqueado ¿Fue Guada? Parecía la voz de Guada, que además se sentaba cerca. Mientras la profesora explicaba la batalla de Caseros, Marcela se arrancó las uñas de la mano izquierda. Con los dientes. Como si fueran uñas postizas. Los dedos sangraban pero ella no demostraba ningún dolor. Algunas chicas vomitaron. La de Historia llamó a la preceptora, que se llevó a Marcela; faltó durante una semana, y nadie nos explicó nada. Cuando Marcela volvió, había pasado de chica ignorada a chica famosa. Algunas le tenían miedo, otras querían hacerse amigas. Lo que había hecho era lo más extraño que nosotras hubiéramos visto. Algunos padres querían llamar a una reunión, para tratar el caso, porque no estaban seguros de que fuera recomendable que nosotras siguiéramos en contacto con una chica “desequilibrada”. Pero lo arreglaron de alguna manera. Faltaba poco para que se terminara el año: para que termináramos la secundaria. Los padres de Marcela aseguraron que ella estaría bien, que ya tomaba medicación, que estaba contenida. Los otros padres les creyeron. Los míos apenas prestaron atención: lo único que les importaba eran mis notas, y yo seguía siendo la mejor alumna, como cada año.
Marcela estuvo bien durante un tiempo. Volvió con los dedos vendados, al principio con gasa blanca, después con curitas. No parecía recordar el episodio de las uñas arrancadas. No se hizo amiga de las chicas que se le acercaron. En el baño, las pocas que querían ser amigas de Marcela nos contaban que no se podía, que ella no hablaba, que las escuchaba pero nunca respondía, y se las quedaba mirando tan fijo que, al final, también les dio miedo.
Fue en el baño, justamente, donde todo empezó de verdad. Marcela estaba mirándose fijamente al espejo, en la única parte donde realmente podía hacerlo, porque el resto estaba descascarado, sucio, o tenía declaraciones de amor imbéciles, o insultos de alguna pelea entre dos chicas rabiosas escritas con fibra o lápiz labial. Yo estaba con mi amiga Agustina: tratábamos de resolver una discusión que habíamos tenido más temprano. Parecía una discusión importante. Hasta que Marcela sacó de algún lado (el bolsillo, probablemente), una gillete. Con rapidez exacta se cortó un prolijo tajo en la mejilla. La sangre tardó en brotar, pero cuando lo hizo fue casi a chorros, y le empapó el cuello y la camisa abotonada, como de monja, o de prolijo varón.
Ninguna de las dos hizo nada. Marcela se seguía mirando al espejo, estudiando la herida, sin un gesto de dolor. Eso fue lo que más me impresionó: no le había dolido, estaba claro, ni siquiera había fruncido el ceño, o cerrado los ojos. Recién reaccionamos cuando una chica que estaba haciendo pis abrió la puerta y dio un pequeño grito y trató de detener la sangre con un pañuelo. Mi amiga parecía a punto de llorar. Yo miraba y me temblaban las rodillas: la sonrisa de Marcela, que seguía mirándose mientras se apretaba la cara con el pañuelo, era hermosa. Su cara era hermosa. Le ofrecí a Marcela acompañarla hasta su casa, o hasta una salita para que la cosieran o algo. Ella pareció reaccionar y dijo que no con la cabeza, que se tomaba un taxi. Le preguntamos si tenía plata. Dijo que sí y volvió a sonreír. Una sonrisa que podía enamorar a cualquiera. Durante una semana faltó otra vez. La escuela entera sabía del incidente: no se hablaba de otra cosa. Cuando volvió, todos trataban de no mirar la venda que le cubría mitad de la cara, y nadie lo conseguía.
Ahora yo trataba de sentarme cerca de ella en las clases. Lo único que quería era que me hablara, que me explicara. Quería visitarla en su casa. Quería saber todo. Alguien me había dicho que se hablaba de internarla. Me imaginaba el hospital con una fuente en el patio, no me imaginaba un instituto para enfermos mentales sórdido y sucio y triste, me imaginaba una hermosa clínica llena de mujeres con la mirada perdida. Sentada a su lado vi, como todos los demás pero de cerca, lo que le estaba pasando. Todas lo veíamos, asustadas, maravilladas. Empezó con sus temblores, que no eran tanto temblores como sobresaltos. Sacudía las manos en el aire como si espantara algo invisible, o como si intentara que algo no la golpeara. Más adelante empezó a taparse los ojos mientras decía que no con la cabeza. Los profesores lo veían pero trataban de ignorarlo. Nosotras también. Era fascinante. Ella se derrumbaba en público sin pudores y a nosotras nos daba vergüenza.
Empezó a arrancarse el pelo poco después, el de la parte de delante de la cabeza. Se iban formando mechones enteros, de a poco, sobre su banco, montoncitos de pelo lacio y rubio. A la semana empezó a adivinarse el cuero cabelludo, rosado y brillante.
Yo estaba sentada a su lado el día que salió corriendo de una clase. Todos la miraron irse pero yo por algún motivo la seguí. Al rato noté que detrás mío venía mi amiga Agustina y la que la había auxiliado en el baño la otra vez, que a esta altura sabíamos que se llamaba Tere, y era del otro quinto. A lo mejor nos sentíamos responsables. Creo que en realidad queríamos ver qué iba a hacer, cómo iba a terminar todo esto.
La encontramos en el baño otra vez, que estaba vacío. Gritaba y lloraba como en un berrinche infantil. La venda se le había caído y pudimos ver los puntos de la herida. Señalaba uno de los inodoros y gritaba “andate dejame andate basta”. Había algo en el ambiente, demasiada luz y el aire apestaba más de lo habitual a sangre, pis y desinfectante. Yo le hablé.
–¿Qué pasa, Marcela?
–¿No lo ves?
–¿A quién?
–A él. ¡A él! ¡Ahí en el inodoro, no lo ves!
Me miraba ansiosa y asustada, pero no desorientada: estaba viendo algo. Pero no había nada sobre el inodoro, salvo la tapa destartalada y la cadena, que estaba demasiado quieta, anormalmente quieta.
–No no veo nada, no hay nada –le dije.
Desconcertada por un momento, me agarró del brazo. Nunca antes me había tocado. Miré su mano: todavía no le habían crecido las uñas, o a lo mejor se comía lo poco que crecía. Se veían sólo las cutículas, ensangrentadas.
–¿No? ¿No? –y mirando el inodoro otra vez–, sí que está. Está ahí. Hablale decile algo.
Por un momento tuve miedo de que la cadena empezara a balancearse de izquierda a derecha como un péndulo del infierno, pero seguía quieta. Marcela parecía escuchar, mirando atentamente el inodoro. Noté que casi no le quedaban pestañas, tampoco. Se las había estado arrancando. Pronto empezaría con las cejas, imaginé.
–¿No lo escuchás?
–No.
–¡Pero te dijo algo!
–Qué dijo, contame.
En este punto, Agustina se metió en la conversación diciéndome que dejara en paz a Marcela, preguntándome si estaba loca, no ves que no hay nada, no le sigas el juego, me da miedo llamemos a alguien. Pero fue interrumpida por Marcela que le aulló CALLATE PUTA DE MIERDA. Tere murmuró que era too much –Tere era bastante cheta– y se fue a buscar al alguien. Yo traté de controlar la situación.
–No les des bola a estas pelotudas, Marcela, ¿qué dice?
–Que no se va a ir. Que es de verdad. Que me va a seguir obligando a hacer cosas. Que no le puedo decir que no.
–¿Cómo es?
–Es un hombre pero tiene un vestido de comunión. Tiene los brazos para atrás. Siempre se ríe. Parece chino pero es enano. Tiene el pelo engominado. Y me obliga.
–¿Te obliga a qué?
Cuando Tere llegó con una profesora más o menos piola a la que había convencido de entrar al baño (después nos dijo que en la puerta se habían juntado como diez personas, que escuchaban todo haciéndose shhh entre ellos), Marcela estaba a punto de mostrarnos qué la obligaba a hacer el engominado. Pero la aparición de la profesora la confundió. Se sentó en el piso, con los ojos sin pestañas que no parpadeaban mientras decía que no.
Marcela nunca volvió a la escuela.
Pero yo decidí visitarla. No fue difícil conseguir su dirección. Aunque su casa quedaba en un barrio al que nunca había ido, me resultó fácil llegar. Toqué el timbre temblando: en el colectivo había preparado la explicación de mi visita que iba a darle a sus padres, pero ahora me parecía estúpida, ridícula.
Me quedé muda cuando Marcela abrió la puerta, no solamente por la sorpresa de que atendiera –la había imaginado en cama, drogada– sino porque se la veía muy distinta, con una gorra de lana que le cubría la cabeza seguramente ya casi pelada, un jean y un pullover de tamaño normal. Salvo por las pestañas, que no habían crecido, parecía una chica normal.
No me invitó a pasar. Cerró la puerta y quedamos las dos en la calle. Hacía frío, pero a ella no le importaba.
–No tendrías que haber venido –me dijo.
–Quiero saber.
–¿Qué querés saber? No vuelvo más a la escuela, se terminó, olvidate de todo.
–Quiero saber qué te obliga a hacer él.
Marcela me miró y olfateó el aire a mi alrededor. Después desvió los ojos hacia la ventana. Las cortinas se habían movido apenas. Volvió a entrar a su casa, y antes de cerrar de un portazo, dijo:
–Ya te vas a enterar. Él mismo te lo va contar algún día. Te lo va a pedir, creo. Pronto.
A la vuelta, sentada en el colectivo, sentí cómo palpitaba la herida que me había hecho en el muslo con una trincheta, bajo las sábanas, la noche anterior. No dolía. Me masajeé la pierna con suavidad pero con la suficiente fuerza como para que la sangre, al brotar, dibujara un fino trazo húmedo sobre mis jeans celestes.
Mariana Enriquez nació en 1973 en Buenos Aires. Es licenciada en Periodismo y Comunicación Social por la Universidad Nacional de La Plata y trabaja en el suplemento Radar de Página/12. Publicó dos novelas, Bajar es lo peor (Espasa Calpe, 1995) y Cómo desaparecer completamente (Emecé, 2004) y un libro de relatos, Los peligros de fumar en la cama, 2009. Varios de sus cuentos aparecieron en antologías de narrativa argentina y sudamericana.
sábado, 31 de diciembre de 2011
SAN LA MUERTE- Mempo Giardinelli

Carmelo ha salido de la cárcel y lo primero que hace es ir al Belén. Se sienta a una mesa y recostado contra la pared mira cómo unos chicos juegan al billar. Doce años de prisión efectiva. Lo condenaron a cadena perpetua pero salió por buena conducta. Doce años.
Está flaco y demacrado. Bebe un whisky con soda y hielo, como si fuera un néctar del Paraíso. Sonríe y saluda de cabeza a los pocos que lo reconocen.
Se acerca uno y se sienta junto a él. Luego otro. Al ratito son varios los que lo rodean. En silencio, como cuando hablan los evangelistas y las mujeres y los niños miran al pastor.
Carmelo empieza a hablar de esa pequeña calavera de pie que tiene una azada en la mano derecha y cuya asistencia es siempre milagrosa, protectora.
Todos recuerdan esa tradición popular correntina de San La Muerte, pero ninguno asiente ni contradice; parecen subgerentes sumisos ante el patrón: simplemente lo miran —ceños fruncidos, comisuras caídas— y nadie lo interrumpe.
Un tipo, en Corrientes —sigue Carmelo— un día se fabrica con todo esmero y a punta de cuchillo un santito de hueso humano, muy pequeño, milimétrico. De hueso humano debe ser, dice, porque así el santito es más efectivo. Infalible. Luego el hombre se lo mete bajo la piel, aquí —y señala su propio bícep—, y adopta la costumbre de hablar frotándose el brazo izquierdo, cabulero, convocatorio de su suerte. A quien se lo pregunta le responde que lo hace, como manda la tradición, “para que las balas no le entren a mi persona”.
Carmelo hace silencio y sorbe del vaso. Paladea. Come un pedazo de salamín con queso. Un pedacito de pan. En el Belén no vuela ni una mosca. Ni que fuera domingo y pasaran un partido de For Ever por la tele.
Hasta que un día —vuelve a hablar Carmelo— este hombre advierte
que su mujer también se frota el brazo cuando habla. Y es que también se
ha injertado un minúsculo San La Muerte bajo la piel.
Esa noche, al acostarse, el hombre le pregunta por qué, y ella responde:
—Para que la debilidad del amor no le venza a mi persona.
Carmelo dice que él escuchó esa conversación entre sus padres. Asiente con la cabeza, como respondiendo preguntas de un diálogo interior imaginario.
Todos lo miran. Ya conocen el final de la historia, si es que tuvo
final.
Carmelo vuelve a asentir con la vista perdida en la vidriera sucia e infestada de cagaditas de moscas, tras la que pasa un carro desvencijado, ruidoso.
—Pero la debilidad le venció a mi madre —dice, como para sí—, y a mi padre sí le entraron las balas.
Luego se levanta, agarra un taco de la pared y se dirige a una mesa en la que nadie juega. Antes de intentar la primera carambola se arremanga la camisa. Todos ven que Carmelo no tiene santito en los brazos.
domingo, 13 de noviembre de 2011
MEMPO GIARDINELLI- El cuento como género literario en América Latina

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De modo que si ustedes me lo permiten, y puesto que seguramente aquí hay muchos escritores y lectores, me voy a detener para hacer un breve repaso de aquello que nos fascina y nos seduce de todo buen cuento literario. Por ejemplo, y en primerísimo plano, la brevedad y concisión, que es lo mismo que decir la precisión. El Maestro Edmundo Valadés enseñaba que "el cuento escapa a prefiguraciones teóricas, pero su única inmutable característica es la brevedad". Y precisamente respecto del cuento breve (también llamado cuento corto, minificción, microcuento o microficción) Juan-Armando Epple distingue cuatro condiciones básicas: brevedad; singularidad temática; tensión; e intensidad.
Pero esas cuatro características yo diría que son aplicables a todos los cuentos del mundo cualquiera que sea su extensión, y no sólo a los breves. Quizá por eso Marco Denevi sostiene que el único modo de distinguir cuento de novela, y cuento largo de cuento breve, al fin y al cabo es contado la cantidad de páginas que tiene cada texto. Pero también digamos que el criterio fundamental para reconocer un cuento no es sólo la brevedad, sino lo que Epple llama "su estatuto ficticio". O sea, es la invención literaria lo que permite reconocer a un cuento.
Epple sostiene que fue en la Edad Media "cuando se empiezan a discernir, en las expresiones narrativas, formas diferenciales de ficción breve, especialmente en la literatura didáctica. Además de las expresiones de la tradición oral y popular como las leyendas, los mitos, las adivinanzas, el caso o la fábula, en que interesa más el asunto que su formalización literaria, surgen modos de discurso que se articulan en estatutos genéricos ya decantados en la tradición cultural, como el ejemplo, la alegoría, el apólogo o la parábola". La tradición clásica que se ocupa de reelaborar mitos, historias y leyendas, y la predilección por la fábula como modalidad narrativa también nos viene del Medioevo. Hoy es una costumbre arraigada, y hasta abusada, y es una manía falsamente borgeana, la de mezclar la realidad con ficción, reescribir las viejas mitologías, mezclar personas verdaderas con personajes apócrifos. Claro que hay "fabulistas" modernos precisos y preciosos como Arreola, Monterroso o Denevi, pero es su talento e ingenio lo que da brillo a sus parodias breves y brevísimas, y no la mera utilización del recurso reelaborador. Según Anderson Imbert, el origen del cuento en sus formas breves puede incluso "rastrease en sus inicios de la literatura, hace ya 4000 años (en textos sumerios y egipcios), como relatos intercalados y que luego se van perfilando en la literatura griega (Herodoto, Luciano), como digresiones imaginarias con una unidad de sentido relativamente autónoma". Muchos autores coinciden en que el cuento es el género literario más antiguo del mundo, aunque para algunos su consolidación literaria se alcanzó tardíamente. Así lo sugirió Juan Valera en el siglo pasado: "Habiendo sido todo el cuento el empezar las literaturas, y empezando el ingenio por componer cuentos, bien puede afirmarse que el cuento es el último género literario que vino a escribirse".
El crítico español Arturo Molina García sostiene que "antes del siglo XIX el cuento se manejaba sin plena consciencia de su importancia como género con personalidad propia. Era un género menor del que no se sospechaban las posibilidades de belleza, emoción y humanidad que podía contener su brevedad. Hubo buenos cuentistas, individualmente considerados, con sello personal, pero fueron muy pocos, fueron casos aislados que sorprendían como destellos. Lo que no había, desde luego, era una tradición cuentista, cuajada, en ebullición permanente, como la que comienza a existir a partir del siglo XIX."
En efecto, la tradición del cuento moderno de desarrolló en el siglo XIX, y a ello contribuyeron las infinitas publicaciones que abrían sus páginas al cuento más o menos breve. Esto fue muy notorio en América Latina y posiblemente hoy podríamos explicar que esto se debió a las limitaciones de la industria editorial. El espacio disponible en los medios obviamente era favorable al cuento, o al folletín por entregas. Acaso ahí esté el antecesor de la telenovela actual. Como fuere, en mi opinión, eso mismo fue lo que fortaleció al género en las Américas. Porque publicar novelas imponía la necesidad de una capacidad industrial (papelera, impresora y encuadernadora) que no teníamos, y requería de circuitos de distribución en librerías que en nuestra América eran y siguen siendo tan ineficientes. Por eso las revistas fueron -y son todavía- no sólo pioneras sino el mejor vínculo entre autores y público. Yo creo que eso dio lugar al florecimiento del cuento latinoamericano.
Por haber dirigido la única revista dedicada exclusivamente al cuento que hubo en la Argentina, he seguido muy de cerca el desarrollo del género en los años que lleva la democracia, y particularmente he seguido la evolución de algunos autores. Lo más interesante del camino del escritor es su crecimiento literario. Cuando, por razones del azar, uno sigue la trayectoria y la evolución de algunos y luego tiene acceso a sus últimas producciones, es posible apreciar la curva ascendente con el placer que produce el reconocimiento de la creación misma.
El mexicano Julio Torri (exquisito cuentista lamentablemente no suficientemente reconocido) decía que hay dos tipos de escritores: los de imaginación y los de sentimiento. Los primeros suelen ser buenos artesanos; los segundos, "cuando no tienen genio, son absolutamente intolerables". Y es verdad, y por eso la verdad literaria se produce cuando en los cuentos confluyen imaginación con sentimiento. Y esto es especialmente festejable en países como lo nuestros, donde hay muchos cuentistas de talento pero donde también -admitámoslo- se publica demasiado cuento mediocre.
En un panorama devastado como en mi opinión era el del cuento argentino después de tanto años de dictaduras, autoritarismo y censura, convenía -siempre conviene- tener el oído especialmente atento a toda voz que estuviera más allá de la medianía, la repetición y el cliché. Enique Jaramillo Levi me pidió especialmente que les hable del cuento argentino contemporáneo, así que allí les diré rápidamente, y para no cansarlos, que con la democracia restablecida en 1983 muchas cosas han cambiado en la narrativa de mi patria. Mis impresiones sobre lo que se está haciendo y lo que puede llegar a ser la cuentística argentina cuando termine este milenio y empiece el Siglo XXI, son las de un observador privilegiado que en los últimos 15 años ha recibido y leído varios miles de cuentos producidos a lo largo y a lo ancho de aquel inmenso país. Conozco la generosa diversidad de cuentista que hay allí y aunque no crea que tenga sentido esta noche mencionarlos a todos, déjenme decirles que hay ya algunos nombres nuevos de enorme futuro: Miguel Ángel Molfino, Cristina Civale, Guillermo Martínez, Laura Fava, José Gabriel Ceballos, Laura Szperling, Gustavo Nielsen, María Malusardi, por lo menos.
No es casualidad que no todos son porteños. La mitad de los nombrados son del interior del país y todos son jóvenes escritores pero ya autores de calidad. Gente de entre 30 y 50 años, algunos de ellos sufrieron años de cárcel o vivieron exilios durante la última dictadura, y que sin embargo en estos años crearon mundos propios y originales que superan holgadamente la circunstancia de la represión. Ninguno hizo de la tortura y el horror padecidos su obra creativa, y al contrario, todos cultivan variantes de lo fantástico y lo experimental. En ellos se siente esa rara virtud señalada por Torri del " horror por las explicaciones y amplificaciones", y en muchas de sus tramas es posible advertir sutilmente -la frase es de Lugones, dice Borges- "el miedo de lo demasiado tarde". Hay que destacar también la notable presencia de mujeres en esa joven cuentística. Ello se debe a que hoy hay mucho más cuento escrito por mujeres que nunca antes, y a que su calidad y profundidad son riquísimos y constituyen el fenómeno más destacable de la literatura argentina de este fin de siglo.
En los libros de estos y otros autores se notan las influencias de algunos grandes maestros. Valga pues está reflexión: nada tiene de malo las influencias, y antes al contrario todos provenimos de ellas. Todo escritor es, en esencia, libresco, (creo que la sugerencia es de Alfonso Reyes) en el sentido de que siempre andamos buscando ideas y asociaciones en los autores que amamos. Eso es natural y lógico: no podría ser de otro modo salvo que uno fuese ingenuo, un pedante o un plagiario sinvergüenza. O un genio, si tal especie realmente existiera. En el arte siempre es así: acopiamos y copiamos, aportando. Y para hacerlo hay que leer, presenciar, experimentar: la literatura, pues, como conocimiento, como toma y daca, como ontología.
Decía Juan Rulfo que "todo escritor que crea, es un mentiroso; la literatura es mentira, pero de esa mentira sale una recreación de la realidad; recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación". Evoco su enseñanza porque poco autores de la literatura universal fueron tan conscientes de la importancia del imaginario como él, y poquísimos lo manejaron con tanta intuición y sabiduría. "Para mí lo primordial es la imaginación -escribió Rulfo-. Dentro de estos tres puntos de apoyo, está la imaginación circulando: la imaginación es infinita, no tiene límites, y hay que romper donde se cierra el círculo; hay una puerta, puede haber una puerta de escape, y por esa puerta hay que desembocar, hay que irse. Así aparece otra cosa que se llama intuición: la intuición lo lleva a uno a adivinar algo que no ha sucedido, pero que está sucediendo en la escritura. Concretando: cuando esto se consigue, entonces se logra la historia que uno quiere dar a conocer. Creo que eso es, en principio, la base de todo cuento, de toda historia que se quiere contar".
La sutileza es otro de los méritos de todo buen cuento. Y me parece importante que la sutileza se trabaje, se eduque, sobre todo en estos tiempos en que vivimos tan saturados de obviedades, lugares comunes, falsificaciones e irracionalidad. Esto hace que resulte más valioso el empeño de algunos autores por no explicarlo todo, sin que por ello se extravíen en el mar del cripticismo y lo abstruso. Para esto hay que tener un innato sentido de la elusión, que es a la vez la mejor manera -literaria- de darle brillo a la alusión. Y manera creadora -dicho sea para completar el juego de palabras- de ilusión.
La verdadera eficacia de la alusión literaria es la que se desvincula del propósito del autor. La literatura más realista (en el sentido de aludir a-lo-que-pasa) es la que no se propuso serlo. Y si ya sabemos de toda literatura que se obliga a imponer discursos, los mata, también sabemos que toda literatura que carece de discurso, como la que no tiene hechos, se esfuma. La buena literatura es la que no depende de la voluntad de los escritores, sino la que proviene simplemente de sus pasiones. Y es que a la realidad sólo se la sueña, la imagina o alude, como aconseja Augusto Roa Bastos.
Otro aspecto importantísimo es la variedad temática y estilística. Yo prefiero que autores y libros me ofrezcan diversidad de casos, motivos, opiniones, sugerencias, posiciones estéticas y puntos de vista. Los prefiero en lugar de los que me ofrecen virtuosismos reiterados, recursos repetidos y hasta temáticas trajinadas, a veces, hasta el hartazgo, como si escribir cuentos se tratara de ejercitar variaciones sobre lo mismo. Por eso en mi revista Puro Cuento siempre procuré incluir cuentos que mostrarán los diferentes paisajes latinoamericanos (el urbano y el rural), y también nos ocupamos de cuentos que mostraban las múltiples facetas del amor, el erotismo y la ternura; el encuentro y el desencuentro entre los seres humanos; la fantasía y el rigor; las diferentes lenguas que se hablan en Latinoamérica y el Caribe; lo breve y lo más extenso; lo clásico y lo moderno; lo previsible y lo inesperado; lo experimental y lo conocido, e infinitos etcéteras.
Siempre sostengo que el cuento es el género literario más moderno y el que mayor vialidad tiene. Por la sencilla razón que la gente jamás dejará de contar lo que le pasa, ni de interesarse por lo que le cuentan cuando está bien contado. Y esto es así -y lo seguirá siendo- a pesar de la miopía de muchos editores. Y digo miopía porque es evidente que el cuento es un género que no interesa a la mayoría de las editoriales. Y no sólo a las de la lengua castellana. En general, los editores suponen conocer el gusto del público, que, dicen, no compra libros de cuentos. El público lector -nos dicen- sólo se interesa de obra de largo aliento y/o por los géneros que marcan las modas. De modo tal que como el cuento no le gusta a la gente, no editan libros de cuentos, con lo cual el cuento no se vende y ellos confirman que el cuento no gusta. Un perfecto círculo vicioso que deriva de ser un fenómeno que ya no está regido por las leyes de la literatura ni del arte, sino por las leyes del mercado.
Se ha dicho que proceder, en literatura, usando el pasado para la estructuración del presente, parece haber sido un hallazgo del poeta T.S. Elliot, quien parece que era tan humilde que tuvo la gentileza de atribuírselo a Joyce. Pero eso no necesariamente es verdad. El recurso, en mi opinión, es viejo como la literatura misma: no me consta que lo desconocieran los griegos; o Shakespeare; o Cervantes. Hay dos cuentos que he leído en estos años que se inscriben en esa tradición: uno es el que da título al volumen de mi paisano Carlos Roberto Morán: "Noticias de Sergio Oberti", un cuento admirable. Mediante el señalado recurso de la alusión, y a través de un discurso rayano en lo absurdo, el cuento se constituye en un obsesivo acopio de noticias falsas e informaciones erróneas acerca de un personaje que está desaparecido. Toca nuestro reciente drama nacional de manera inteligente, con delicadeza extrema, para convertirse -a mi criterio- en uno de los mejores cuentos sobre el tema de los desaparecidos que se hayan escrito. Somos y no somos: el tema del doble, en una recreación llena de talento, de poesía, de imaginación. En la tradición de los mejores cuentos argentinos, es combinación ejemplar de cómo la literatura es alusión porque es una mentira encarnada en la realidad, y es al mismo tiempo una mirada poética sobre el mundo en que vivimos. Como ustedes advertirán, estas reflexiones nacen a partir de la experiencia de meditar algunos cuentos concretos. En el caso de los que Miguel Ángel Molfino, me sucedió algo similar. Cuando leí por primera vez "La muerte viaja en una Olivetti" sentí que estaba en uno de los mejores cuentos que jamás se han escrito. Una joya literaria, un cuento moderno, casi perfecto, que no dudo hubieran adorado Cortázar y Rulfo. Es la historia de un personaje literario que, como un actor de cine, ya ha "trabajado" en cuentos de Fitzgerald, Hemingway y otros grandes escritores, y que ahora, viejo y decadente, se encuentra en el Chaco convocado por el autor y presiente que este autor lo va a matar. Se trata de un cuento antológico, memorable, que combina la realidad y fantasía, tensión e intensidad, clima y firmeza, sorpresa y poesía, y en esencia es un maravilloso acercamiento a una de las otras caras de la literatura: el punto de vista de los personajes literarios.
Los cuentos de estos autores -es evidente- son el resultado de bien digeridas lecturas, piedras basales para la imaginación, la osadía intelectual y el experimentalismo. Pienso que todo esto es aplicable a Justo Arroyo y lo celebro. Cuando se tiene la audacia de probar siempre, y cuando el buscar se asume como un destino literario, hay que tener mucho olfato y mucho conocimiento, y escritores como Arroyo y otros que pueblan el panorama de la cuentística panameña los tienen de sobra. De ahí la contextura compacta de sus personajes. Ya lo verán ustedes cuando puedan leer "La pregunta" o "Los sueños de Sepúlveda"; ya advertirán estas cualidades en el memorable torpe de "El reto", en la moralidad ejemplar de "¿Por qué, Vivían?", en "Última voluntad" y en el que da título al libro que esta noche celebramos: "Héroes a medio tiempo". Pienso que uno siempre tiene que procurar ser la clase de escritor que -más allá de sus temas- no se repite, no cae siempre a la misma fórmula y no se reitera en la utilización de unos pocos recursos más o menos brillantes. Yo admiró más, y aspiro a ser, esa clase de escritor que siempre busca andar por caminos difíciles, nomás porque le apasiona buscar y porque tiene adentro, parafraseando a Miguel Hernández, un rayo que no cesa.
Quizá por eso ha dejado escrito Borges que la más indiscutible virtud de la cuentística de Kafka es la invención de situaciones intolerables. Por eso Kafka es un grande, un precursor y está presente en toda fantasía literaria que dosifica la imaginación y la provee en medidas exactas y precisas, sin sobrecargas y sin faltantes. La sabiduría de todo buen cuentista también consiste en saber que los mejores cuentos de la literatura universal dependen, en última instancia, de la temperatura emocional que sea capaz de transmitir lo narrado.
Todo buen cuento -lo sabemos- debe tocar alguna fibra íntima en el lector. Necesariamente. Por eso un buen cuento no es el que surge de las puras ganas del autor, ni es el que deviene de un intento catártico. Un buen cuento es el que nace sencillamente de la inevitabilidad de su existencia. Es decir: se lo escribe porque no se puede dejar de escribirlo. Es como si el cuento viniera empujando desde adentro del autor, abriéndose paso a pesar de todas las resistencias que uno tenga, y de alguna manera explota en las páginas que lo contienen. Y mejor que explote así, para que no le explote a uno adentro.
El destino de un cuento, como si fuera una flecha, es producir un impacto en el lector. Cuando más cerca del corazón del lector se clave, mejor será el cuento. Para ese efecto, el texto debe ser sensible: debe tener la capacidad de mostrar un mundo, de ser un espejo en el que el lector vea y se vea. Esto es lo que se llama identificación (el lector piensa que le pasó o le podría pasar lo mismo) y eso le creará una empatía, una solidaridad con lo contado, que hará que el cuento se le torne inolvidable. Esta identificación sólo se logra por medio de la sensibilidad del lector, tocada por el texto. Es lo que podríamos llamar el alma del cuento, que es una alma viva, que emite sonidos, titila, respira. Esa respiración, en los grandes cuentos, será eterna, y ese cuento será clásico sólo en la medida en que las diferentes generaciones y culturas lo acepten, reinventen y repitan. Es por eso que "Ligeia", "El almohadón de plumas" o "El Aleph", por ejemplo, son y serán cuentos eternos.
Se sabe: hay sensibilidades muy sofisticadas y las hay vulgares. En nuestro tiempo es indudable -y desdichado- que la sensibilidad se ha vuelto chabacana y grosera, pero igualmente el autor debe crear cuento teniendo en cuenta a un lector ideal. Debe saber que alguien, en algún lugar, va a leer su cuento. Debe querer que así sea. Es como tirar una botella al mar con un mensaje adentro; hay que hacerlo con fe en que alguien lo recibirá. Y ese tener presente al otro, es lo que impedirá que el cuento sea una clave autorreferencial, onanista, de un intimismo abstruso, de un cripticismo inexpugnable. Esto hace, claro, a la cordialidad de todo cuento: una conversación amable en la que uno monologa y el otro escucha y responde con su atención inclaudicable, con su entrega a la seducción del narrador. Esto es lo que se llama tener presente al lector, y que no equivale a hacerle concesiones, ni guiños, ni a darles explicaciones inútiles. He ahí la inteligencia del buen cuento; he ahí esa amabilidad que me ha impactado en Justo Arroyo y también en los cuentos de Dimas Lidio Pitty, el otro finalista de este Premio Rogelio Sinán 1997/98.
No quiero dejar de referirme también a lo que en retórica y poética se llama con el vocablo alemán Weltanschaaung. Es decir, la visión de mundo, o la concepción del mundo y el universo que todo autor tiene, lo sepa o no. De hecho, todo cuento contiene una concepción del mundo, una idea del universo. Y esto es así sencillamente porque todo cuentista, todo escritor, tiene siempre una posición ante la vida y su obra expresa su manera de pensar. Esa concepción inevitablemente está contenida en todo lo que escribe. De ahí que, cuanto mejor y más cultivada sea esa concepción, cuanto más rica, sensible, culta, generosa, amplia y abierta, más ricos serán los contenidos de sus cuentos. He ahí la importancia de la lectura.
En fin, espero no haberlos fatigado hasta aquí, pero he querido compartir estas variaciones sobre el cuento porque esta noche, reitero, es una noche de celebración en la que saludamos y premiamos un conjunto de cuentos estupendos, y celebramos también a un excelente escritor que se llama Justo Arroyo, un gran cuentista panameño y latinoamericano, lo que es decir, uno de los nuestros, y de los mejores. Muchas gracias.



