miércoles, 27 de febrero de 2013
La soledad del que escribe, por Marguerite Duras
“Alrededor de la persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la del escribir. Para empezar, uno se pregunta qué es ese silencio que lo rodea. Y prácticamente a cada paso que se da en una casa y a todas horas del día, bajo todas las luces, ya sean del exterior o de las lámparas encendidas durante el día. Esta soledad real del cuerpo se convierte en la, inviolable, del escribir. (…) La soledad no se encuentra, se hace. La soledad se hace sola. Porque decidí que era allí donde debía estar sola, donde estaría sola para escribir libros. Sucedió así. Estaba sola en casa. Me encerré en ella, también tenía miedo, claro. Y luego la amé. La casa, esta casa, se convirtió en la casa de la escritura. Mis libros salen de esta casa. También de esta luz, del jardín. De esta luz reflejada del estanque. He necesitado veinte años para escribir lo que acabo de decir. (...) Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido. Un escritor es algo que descansa, con frecuencia, escucha mucho. No habla mucho porque es imposible hablar a alguien de un libro que se está escribiendo. (…) Porque un libro es lo desconocido, es la noche, es cerrado, eso es.”
sábado, 23 de febrero de 2013
NOTAS SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR, por Clarice Lispector
Escribir es una maldición que salva. Es una maldición porque obliga y arrastra, como un vicio penoso del cual es imposible librarse. Y es una salvación porque salva el día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba.
¿El proceso de escribir es difícil? Es como llamar difícil al modo extremadamente prolijo y natural con que es hecha una flor.
No puedo escribir mientras estoy ansiosa, porque hago todo lo posible para que las horas pasen. Escribir es prolongar el tiempo, dividirlo en partículas de segundos, dando a cada una de ellas una vida insustituible.
Escribir es usar la palabra como carnada, para pescar lo que no es palabra. Cuando esa no-palabra, la entrelínea, muerde la carnada, algo se escribió. Una vez que se pescó la entrelínea, con alivio se puede echar afuera la palabra.
¿El proceso de escribir es difícil? Es como llamar difícil al modo extremadamente prolijo y natural con que es hecha una flor.
No puedo escribir mientras estoy ansiosa, porque hago todo lo posible para que las horas pasen. Escribir es prolongar el tiempo, dividirlo en partículas de segundos, dando a cada una de ellas una vida insustituible.
Escribir es usar la palabra como carnada, para pescar lo que no es palabra. Cuando esa no-palabra, la entrelínea, muerde la carnada, algo se escribió. Una vez que se pescó la entrelínea, con alivio se puede echar afuera la palabra.
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martes, 19 de febrero de 2013
LITERATURA Y PROSTITUCIÓN
¿Cómo vivir? De cualquier modo que la creación no sea manoseada, bastardeada, abaratada: poniendo un tallercito mecánico, trabajando de empleado en un banco, vendiendo baratijas en la calle, asaltando un banco.
E. S.
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martes, 10 de julio de 2012
¿POR QUÉ NO PUEDEN DECIRTE EL PORQUÉ?, JAMES PURDY
Paul
no supo casi nada de su padre hasta que encontró la caja de fotografías en el
desván. Desde aquel momento se dedicó a mirarlas de día y de noche, y cada vez
que Ethel, su madre, hablaba por teléfono con Edith Gainesworm. Asombrado, contemplaba
a su padre en las diferentes fases de su vida: primero, como un niño de su
edad, luego como un joven, finalmente, antes de morir, vestido con el uniforme
del Ejército.
Ethel
siempre se había referido a él como tu padre, y ahora las fotografías lo
mostraban bajo un aspecto muy distinto del que se había imaginado.
Ethel
nunca habló con Paul acerca de por qué había venido enfermo de la escuela, y
al principio fingió no saber que había encontrado las fotografías. Pero le decía
a Edith Gainesworth por teléfono todo lo que ella pensaba y sentía por él; y
Paul escuchaba todas las conversaciones desde su escondite en la escalera de
servicio, donde se sentaba para mirar las fotografías, que había trasladado de
la vieja caja de zapatos donde las encontró a dos grandes y limpias cajas de
bombones.
—Seguro
que no conoces a un muchacho enfermo como él, que le dé por las fotografías
—dijo Ethel a Edith Gainesworm—. En vez de juguetes o pelotas, viejas
fotografías. Y eso que apenas si le he contado nada acerca de su padre.
Edith
Gainesworm, que estudiaba psicología en un centro superior en la parte baja de
la ciudad, a menudo daba consejos a Ethel con relación a Paul; pero aquella
noche no dijo nada acerca de las fotografías.
—Todas
las madres deberían tener una pensión —prosiguió Ethel—¿No es terrible tener
que estar todo el día de pie, atendiendo al público, y luego tener que cuidar
por la noche a un niño enfermo? Mis noches son aún peores que mis días.
Estas
conversaciones telefónicas siempre excitaban a Paul, porque eran las únicas
ocasiones en que oía hablar de sí mismo y de las fotografías. Cuando sonaba el
timbre del teléfono solía correr a la escalera de servicio y empezaba a mirar
las fotografías, y luego, a medida de que la conversación se desarrollaba, con
frecuencia iba corriendo al cuarto de enfrente, donde Ethel estaba hablando, a
veces llevando consigo una de las fotografías e imitando con la boca el ruido
de un pájaro o un avión.
Dos
meses habían transcurrido de este modo, sin que el niño fuera a la escuela,
como si toda la vida se le pasara escuchando las charlas telefónicas de Ethel
con Edith Gainesworm y mirando las fotos de las cajas de bombones.
Una
vez, a medianoche, Ethel echó de menos al niño. Se levantó de la cama sintiendo
como una opresión en la cabeza y el cuello; se dirigió a la cama de Paul y
advirtió que no estaba la manta india. Llamó al niño y fue hasta la ventana, y
miró hacia afuera. Sin cesar de llamarlo, se dirigió a la escalera.
—¡Dios
mío! ¡Siempre me haz de causar alguna preocupación! —dijo—. ¿Dónde estás,
Paul? —repitió con voz somnolienta. Bajó hasta la cocina, aunque no creía
posible que estuviera allí, porque el chico nunca comía nada.
Luego
se dijo: "Naturalmente", al recordar cuántas veces iba a la escalera
de servicio con aquellas fotografías.
—¿Qué
estás haciendo aquí, Paul? —le preguntó, y su voz tenía un tono dulce pero
amenazador que despertó al chico, que se había quedado dormido encima de las
cajas y las fotografías, como protegiéndolas, con la manta echada sobre la
espalda y los hombros.
Paul
se aferró a las cajas casi con vehemencia cuando vio a aquella mujer pálida y
fea que se arrebujaba en su bata de hombre y lo estaba mirando. Hubo un ligero
olor a cisterna destapada cuando ella terminó de ponerse la bata.
—Pues
aquí, Ethel —contestó el niño al cabo de un rato.
—¿Qué
quieres decir con eso de "pues aquí", Paul? —preguntó ella
acercándose.
Lo
tomó por el pelo y le dio unos suaves tirones, esa era la forma en que solía
acariciar al niño. Estos leves tirones hicieron que temblase con cortas y
sucesivas sacudidas bajo la mano de Ethel, hasta que al fin lo soltó.
Paul
observó cómo su madre se quedaba contemplando las cajas de fotografías que él
custodiaba.
—¿Duermes
aquí para estar cerca de ellas? —le preguntó.
—No
lo sé, Ethel —respondió Paul, emitiendo soplidos como si quisiera hacer
desaparecer algo que tenía delante.
—No
lo sabes, Paul —dijo ella con su voz dulzona y desagradable, acercándose más
al niño, con ese olor rancio de su
bata.
—¡No,
eso no! —exclamó Paul.
—¿Eso
no, qué? —dijo Ethel, agarrándolo por las solapas del pijama.
—¡No
me hagas nada, Ethel! ¡Me duelen los ojos!
—Te
duelen los ojos —dijo ella con tono de incredulidad.
—También
me duele el estómago.
Inclinándose
de pronto, Ethel recogió del suelo las dos cajas con fotografías y las retuvo
entre sus brazos, enfundados en las amplias mangas de la bata.
—¡Ethel!
—gritó el niño con la voz más fuerte y clara que ella le hubiese escuchado—.
¡Ethel! ¡Esas son mis cajas de bombones!
Ethel
lo miró como si fuera la primera vez que lo veía, advirtiendo con sorpresa que
estaba muy delgado y huesudo y que tenía un lunar muy feo en su demacrada
garganta. No podía comprender que ese fuera su hijo.
—Son
estas cajas de fotografías las que te ponen enfermo.
—¡No,
no, mamá Ethel! —gritó Paul.
—¿No
te acuerdas de que te dije que no me llamaras mamá? —dijo la mujer avanzando
hacia él y poniéndole la mano en la frente.
—Te
he llamado mamá Ethel, no mamá —respondió el niño.
—Supongo
que creerás que tengo mil años de edad —repuso Ethel, levantando la mano como
si no supiera qué hacer con ella.
—Creo
que ya sé qué hacer con esto —prosiguió, con calma fingida.
—¡No,
Ethel! —dijo Paul— ¡Devuélvemelas! ¡Son mis cajas!
—Dime
por qué has venido a dormir aquí, sabiendo que en este sitio te podrías
empeorar. Quiero que me lo digas.
—¡No
puedo, Ethel! ¡No puedo! —respondió Paul.
—Entonces
voy a quemar las fotografías —contestó Ethell.
El
niño se arrojó a los pies de ella y le abrazó las piernas.
—iEthel!
¡Por favor! ¡No te las lleves! ¡Por favor, Ethel!
—¡No
me toques! —dijo la mujer.
Sus
nervios estaban alterados, creía que si el niño volvía a tocarla, se
sobresaltaría como si un ratón se hubiera metido debajo de sus ropas.
—Ponte
de pie y cuéntame como un hombrecito, por qué estás aquí —dijo ella; pero
mantuvo los ojos medio cerrados y la vista apartada del niño.
Él
movió los labios como para hablar, pero en realidad no comprendió lo que ella
quería decir con la palabra hombrecito. Esta palabra le molestaba cada
vez que la oía.
—¿Qué
estás haciendo con las fotografías todo el tiempo, durante el día cuando estoy
fuera de casa, y ahora, por la noche? Nunca había oído hablar de una cosa así.
Entonces
se apartó de él, de modo que las manos del niño soltaron las piernas de ella,
que había tenido abrazadas; pero permaneció unos instantes cerca de las manos
de Paul, como si no supiera qué tenía que hacer a continuación.
—Sólo
las miro, Ethel —dijo al fin el niño.
—No
digas mentiras —dijo ella, mirándolo a la cara y luego:
—¡Quiero
la verdad! —gritó.
Paul
se echó a llorar y gimió, pensando qué podía querer su madre que le dijera;
ahora había empezado a perder la noción de todo, y ni siquiera comprendía qué
se esperaba de él. Era insoportable.
—¿Me
oyes, Paul? —dijo ella entre dientes, muy cerca de él ahora, y mirándolo con
tanta furia que Paul tuvo que cerrar los ojos—. ¿Sabes lo que voy a hacer si
no me contestas?
—¿Me
castigarás? —preguntó Paul con un hilito de voz.
—No,
esta vez no voy a castigarte —dijo Ethel.
—¡No
vas a castigarme! —exclamó el niño, y un nuevo temor y una nueva sorpresa
asomaban ahora en sus ojos cansados. Luego, mirándola fijamente a los ojos se
echó a llorar con terror; porque le pareció que en todo el mundo sólo existían
ellos dos, él y Ethel.
—Recuerdas
adónde enviaron a tía Grace ¿verdad? —dijo Ethel con una voz terrible.
Él
lloró con más furia, salpicando con saliva la pared. Se quedó mirando el final
de la escalera como buscando un lugar a dónde escapar.
—Recuerdas
adónde la enviaron, ¿no? —insistió Ethel con voz tranquila y paciente, como la
de una mujer que ha recibido un trato irrespetuoso de parte de un hijo al que,
a pesar de todo, aún sigue queriendo.
—¡Sí,
sí, Ethel! —gritó Paul histéricamente.
—Dile
a Ethel adónde enviaron a tía Grace —dijo ella en el mismo tono paciente y
cariñoso.
—Yo
no sabía que también enviaban niños allá —dijo Paul.
—Tú
ahora eres algo más que un niño —respondió Ethel—, ya tienes edad suficiente
para que... Y si no le dices a Ethel por qué estás mirando todo el tiempo las
fotografías, tendremos que enviarte al manicomio, con las rejas.
—No
sé por qué las miro, querida Ethel —dijo ahora el niño con voz débil, pero con
extrema tensión, y se puso a acariciar el forro de piel de las zapatillas de
ella.
—Creo
que sí lo sabes, Paul —dijo ella con voz tranquila; pero el niño pudo percibir
cómo iba desapareciendo su tono amable y paciente, y levantó a medias las
manos como para protegerse de algo que aquella mujer pudiera hacerle.
—Pero
no sé por qué las miro —repitió, gimoteando y de pronto volvió a abrazarle las
piernas.
Ethel
dio un paso atrás, pero conservando aún su sonrisa paciente y comprensiva, de
perdón.
—Muy
bien —Paul.
Cada
vez que decía "Muy bien, Paul", era para dar a entender con ello que
daba por terminada una discusión.
—¿Adónde
vamos? —gritó Paul, mientras ella lo llevaba hacia la cocina.
—Al
sótano, por supuesto —respondió Ethel.
Nunca
antes habían ido juntos al sótano, y el terror de lo que podía sucederle allá
le dio una especie de apaciguamiento que le permitió bajar con paso firme los
irregulares peldaños.
—Lleva
tú las cajas con las fotografías, Paul —le dijo ella—, ya que te gustan tanto.
—¡No,
no! —gritó Paul.
—¡Llévalas!
—ordenó ella, dándole las cajas.
Él
las sujetó contra su cuerpo, y cuando llegaron al sótano, la mujer abrió la
puerta del horno y, apretándose el cinturón de la bata, le dijo fríamente, su
cara blanca iluminada por las llamas:
—Tira
las fotografías ahí dentro, Paul.
Él
se la quedó mirando, como si ahora resultaran ciertas todas las pesadillas,
como si al fin el terror completo y definitivo de lo que puede sucederle a uno
en la vida se hubiera desplegado ante su vista.
—¡Son
de papá! —exclamó con una voz que ninguno de los dos reconoció.
—Tú
lo has querido —dijo ella fríamente—. Prefieres un hombre muerto a tu propia
madre. O echas las fotografías al fuego, puesto que son ellas las que te ponen
enfermo, o tendrás que ir al lugar al que enviaron a tía Grace.
Él
ahora empezó a correr por el cuarto como un pajarito que se ha escapado de la
tienda en donde lo vendían y ha ido a parar en medio de la confusión de una
calle de la ciudad, y con la boca emitía extraños sonidos que Ethel, no podía
creer que salieran de sus pulmones.
—No
creas que voy a tener paciencia para tus payasadas —gritó; pero sus palabras se
perdieron como si lo hiciera en un cuarto vacío.
Mientras
corría alrededor del pequeño cuarto, con las cajas de fotografías apretadas
contra su pecho, algunas de las fotos cayeron al suelo. Él se detuvo para
recogerlas, mientras seguía apretando convulsivamente las cajas y emitía pequeños
gritos de impotencia y dolor agudo.
Ethel
lo miraba sin dar crédito a sus ojos. Ahora no sólo no le parecía hijo suyo,
sino que ni siquiera parecía ya un niño; al contrario, con su pijama roto y sin
zurcir, parecía un animal lisiado y moribundo que corriera desesperadamente
tratando de huir de su propio dolor.
—¡Dame
esas fotografías! —gritó ella. Le arrebató algunas que él tenía en las manos, y
las arrojó rápidamente al fuego.
Después
se dio vuelta y fue a tomar las cajas que él sostenía.
Pero
la escena que vio hizo que se detuviera. Él se había encogido, agachado en el
suelo, y apretando las cajas contra su estómago, emitió una especie de silbido
hacia la mujer, de modo que ella no tuvo la posibilidad de acercarse ni de llevárselo
de allí, mientras de la boca del niño salía una sustancia espesa, fibrosa y de
color negruzco, como si estuviera vomitando su corazón cargado de amargura.
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sábado, 19 de mayo de 2012
Jorge Leonidas Escudero: ATISBOS
"Atisbos" es el nuevo libro de poesía de Jorge Leonidas Escudero. Fue presentado el 18 de mayo en el Aula Magna de la Facultad de Filosofía Humanidades y Artes de San Juan.
Ante la inmensidad
Fue
alguna de esas noches en que miraba cielo
en
lejanías sobre campo oscuro y vi
cruzárseme
un relámpago lejano. Fue tal
como
ver chispear una idea
en
el umbral de otro mundo.
Es
como si en el fondo del desierto hubiera
querido
hacerse luz una verdad pero
pasó
fugaz y quedé a oscuras.
Parece
que la inmensidad
quiere
decirme un secreto y al ver
que
todavía falta mucho en mí
queda
muda.
Tal cual
Me
veo en esa foto jovencito
en
campo de San Juan, estoy sentao
en
un carro sin ruedas. Parece
que
me siento feliz.
Me
cuelga de la boca provocativamente
un
cigarrillo que dice mírenlo a este,
se
hace el triunfador y veremos después
qué
va a pasar con él.
Joven
amigo,
me
da alegría verte y que hayas venido
a
visitarme. Ya sé,
quisieras
saber qué hago hoy, y sí,
anduve
tras el rastro de algo maravilloso
pero
igual que vos
me
quedé sentao en un carro sin ruedas.
Polinización
Es
que miré a una flor de mi huerto,
muy
bonita,
y
ella también se quedó mirándome
como
a decirme
que
necesitaba algo de mí.
Sí,
como pidiéndome que libara en ella.
¿Me
confundiría con una abeja? Y claro,
yo
no podía
ser
vehículo de polinización
para
quesa flor llegara a ser fruto.
De
modo que al no poder satisfacerla
desvié
la vista de tal hermosura
y
me fui algo triste
porque
claro,
para
satisfacer a tal belleza
no
me alcanza, soy menos que un insecto.
Jorge Leonidas
Escudero, de su libro “Atisbos”, 2012.
Juicios Críticos sobre Jorge Leonidas Escudero
“La síntesis surge espontánea, viene de una auténtica necesidad y nos descubre la realidad telúrica en facetas inéditas (...) Su profunda regionalidad, raíz en la roca, universaliza su terruño y lo lleva al concierto de lo descubierto, lo hace adquirir vivencia y permanencia con la magia de la palabra”
Rufino Martínez, escritor sanjuanino, en Prólogo a “La raíz en la roca”, 1970.
“Mi hermano Jorge Leonidas siempre pensó que le faltaba algo esencial y corría a buscarlo. Quería comunicarse con los pájaros. Quería encontrar montones de oro. Aún hoy apuesta todo a una carta y se queda confuso cuando pierde. Esto también le ocurre muchas veces cuando ama. Quiere afirmarse y le da por escribir versos. Busca un absoluto, la felicidad. En algunos poemas aparecen matices de humor y en otros chispazos de ironía (...) Para él no hay límites entre palabras aceptadas o no por las academias, las toma en definitiva como medios para liberar tensiones y llega, en la expresión de sentimientos que rebasan límites, a cierto balbuceo e incluso aspira al ademán. Esto porque el poeta trata de interpretar intuiciones, algo sin nombre, y se duele del bagaje con que cuenta.”
María Margarita Escudero, hermana del poeta, docente de Letras, en Prólogo a “Jugado”, 1992.
“He aquí un estilo consumado. Todo poeta verdadero es un estilo, por ello, inimitable. (...) Jorge Leonidas Escudero rescata el habla típica sanjuanina, privilegiando lo sonoro, tal como se oye, sin caer en clisés gauchescos; y, desde la sonoridad de las palabras tal como las dice y piensa emotivamente, llega a establecer un habla propia, individual, que funciona como código universal (...) El toque irónico, la sutileza, el fino sentido del humor domina, en primer plano, la gigantesca mueca que dibuja el trágico batallar de lo viviente entrampado en el juego circular a que empuja el deseo, camino inevitable hacia el dolor y la frustración (...) La enseñanza vital de este ‘Lama de Los Andes’ consiste en dejar entrar el ‘vientecillo irónico’ de la realidad para probar la risa jocosa (comprensiva) del que sabe. Se trata de una risa fruto de lo serio. Es una risa seria la del Buda”
María Reyna Domínguez, poeta sanjuanina, en Prólogo a “Caballazo a la sombra”, 1998.
“Puede definirse el estilo de Escudero como tendencia rapsódica identificada como oralidad, en tanto principio axial de la poética del autor. La oralidad se conjuga con la escritura, en procedimiento retórico destinado a rescatar la tradición oral como cultura, recuperando la identidad de la comarca cuyana como parte de lo andino. Además, adopta la forma de un encuentro dialógico imitando la comunicación cara a cara, y asume la clase de mentalidad que caracteriza a sociedades que se basan en la comunicación oral. Sin embargo, es precisamente la escritura la que posibilita la ilusión de realidad que emula el gesto, el ademán y el dinamismo fluyente de la vida inacabada. Como una conversación.”
Beatriz Mosert, docente e investigadora de la Universidad Nacional de San Juan, en su Tesis de Doctorado:“Las Fronteras de la Literatura Argentina en la Región de Cuyo – El habla poética de Jorge Leonidas Escudero”, 2005
“Jorge Leonidas Escudero nos presenta siempre la imagen del que busca. Ya sean recuerdos, detalles de la sensación, circunstancias naturales, voces o cualquier otro ademán de la vida, es constante su referencia a lo posible, y hasta lo apartado y lo oculto. Sus poemas, por tanto, semejan mapas; y su obra puede percibirse como una cartografía de lo que se pudiera alcanzar o, vista ya como cosa escrita, una bitácora del indescifrable transcurrir humano (...) Si pensáramos en tres palabras que condensaran la obra vasta de este poeta, yo anotaría las siguientes: magia, imaginación, trascendencia”
Benjamín Valdivia, prologuista y seleccionador en “Le dije y me dijo – Antología poética de Jorge Leonidas Escudero”, publicado por Azafrán y Cinabrio Ediciones, México, 2006.
“En la voz y en la escritura de Jorge Leonidas Escudero se parió una nueva poesía, en constante búsqueda vital, montaraz, indómita, que desafía el estatus de la escritura poética. No se alinea (no se aliena) con escuelas, modas, cánones, especulaciones de figuración, que son rejas a la esencia libertaria de la poesía.
Así ha sendereado Escudero sus búsquedas por la montaña, detrás del ansiado tesoro que nunca apareció - habiendo estado tan cerca -, sus búsquedas por el juego, apostando azarosamente entre números y esperando que un crupier cante finalmente la cifra que será la llave de la fortuna, que nunca apareció - habiendo estado tan cerca - ; sus búsquedas por el amor y esa mujer puesta en horizonte lejano, una mujer y todas a la vez, detrás de tan idealizado amor que nunca llegó - habiendo estado tan cerca - ... Y esta búsqueda inclaudicable tras la palabra única, en pos de poder decir lo justo y necesario a través del generoso pero nunca suficiente universo discursivo de la Poesía, persiguiendo el poema final, el que diga Todo lo deseado en pocas líneas, el que se parezca mejor a la piedra filosofal, al número perfecto, al amor total, a todo el oro buscado a lomo de mula y golpe de pico en las vetas prometedoras de la montaña”
Ricardo Luis Trombino, poeta sanjuanino, docente e investigador de la Universidad Nacional de San Juan, en su Tesis de Maestría: “Jorge Leonidas Escudero: una poética de las búsquedas – La regionalidad como base identitaria de la universalidad”, 2007.
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viernes, 20 de abril de 2012
TODO ES VERDE- David Foster Wallace
Ella
dice “me da igual que me creas o no, es la verdad, puedes creer lo que
quieras”. Por tanto, está claro que está mintiendo. Cuando dice la verdad se
vuelve loca intentando que la creas. Por tanto creo que la he pillado.
Enciende un cigarrillo y aparta su mirada de mí, tiene un aspecto perverso con el cigarrillo encendido y mirando por la ventana mojada, y no sé muy bien qué decir.
Le digo “Mayfly, no sé muy bien qué hacer ni qué decir y ya no me creo nada de ti”. Pero hay cosas que sí sé. Sé que soy mayor y tú no. Y te doy todo lo que tengo que darte, con las manos y con el corazón. Todo lo que tengo dentro te lo he dado. He estado aguantando y trabajando duro todos los días. Te he convertido en la razón por la cual hago todo lo que hago. He intentado construir una casa para dártela, para que vivas en ella, y he intentado que sea un sitio agradable.
Enciendo otro cigarrillo y tiro la cerilla en el fregadero junto con otras cerillas, platos sucios, una esponja, y cosas de esas.
Le digo “Mayfly, mi corazón la ha pasado mal por ti, pero ya tengo cuarenta y ocho años”. Ya es hora de que no me deje arrastrar por las cosas. Tengo que tomarme una parte del tiempo que me queda para intentar sentirme bien conmigo mismo. Tengo que intentar sentirme como debería. Dentro de mí tengo necesidades que tú ya ni siquiera puedes ver, porque tú tienes demasiadas necesidades que te las tapan.
Ella no dice nada y yo miro por su ventana y noto que ella sabe que yo sé la verdad, y cambia de postura en mi sofá de jardín. Lleva unos pantalones cortos y se sienta encima de las piernas.
Le digo “no importa en realidad lo que he visto o lo que he creído ver”. Esa ya no es la cuestión. Sé que soy mayor y tú no. Pero ahora me siento como si yo te lo diera todo y tú ya no me dieras nada.
Tiene el pelo recogido con un pasador y varias horquillas y la barbilla apoyada en la mano, es muy temprano, parece que ella está fantaseando con salir afuera, a la luz brillante que hay al otro lado de la ventana mojada, junto a mi sofá de jardín.
“Todo es verde” dice ella. Mira que verde es todo Mitch. Como puedes decir que sientes todo eso cuando fuera todo es tan verde.
La ventana que hay junto a mi cocina se ha limpiado gracias a las lluvias torrenciales de anoche y muestra una mañana soleada, todavía es temprano y fuera todo está muy verde. Los árboles son verdes y la hierba más allá de los badenes es verde y está empapada. Pero no todo es verde. Las demás caravanas no son verdes, y mi mesa de camping que está ahí fuera toda llena de agua y de latas de cerveza y de colillas flotando en los ceniceros no es verde, ni tampoco mi camioneta, ni la gravilla del aparcamiento, ni ese juguete de ruedas enormes tirado de lado bajo una cuerda de tender vacía de ropa junto a la caravana de al lado, en donde vive un tipo con unos niños.
Todo es verde dice ella. Lo dice con un susurro y yo sé que ese susurro ya no es para mí.
Tiro mi cigarrillo y le doy la espalda a la mañana con el regusto en la boca de algo que es del todo cierto. Me giro y la miro sentada bajo la luz en mi sofá de jardín.
Ella está mirando fuera, sentada en el sofá, y yo la miro a ella, y hay algo en mi que no consigue cicatrizar cuando la miro. Mayfly tiene un cuerpo hermoso. Y ella es mi mañana. Digo su nombre.
Enciende un cigarrillo y aparta su mirada de mí, tiene un aspecto perverso con el cigarrillo encendido y mirando por la ventana mojada, y no sé muy bien qué decir.
Le digo “Mayfly, no sé muy bien qué hacer ni qué decir y ya no me creo nada de ti”. Pero hay cosas que sí sé. Sé que soy mayor y tú no. Y te doy todo lo que tengo que darte, con las manos y con el corazón. Todo lo que tengo dentro te lo he dado. He estado aguantando y trabajando duro todos los días. Te he convertido en la razón por la cual hago todo lo que hago. He intentado construir una casa para dártela, para que vivas en ella, y he intentado que sea un sitio agradable.
Enciendo otro cigarrillo y tiro la cerilla en el fregadero junto con otras cerillas, platos sucios, una esponja, y cosas de esas.
Le digo “Mayfly, mi corazón la ha pasado mal por ti, pero ya tengo cuarenta y ocho años”. Ya es hora de que no me deje arrastrar por las cosas. Tengo que tomarme una parte del tiempo que me queda para intentar sentirme bien conmigo mismo. Tengo que intentar sentirme como debería. Dentro de mí tengo necesidades que tú ya ni siquiera puedes ver, porque tú tienes demasiadas necesidades que te las tapan.
Ella no dice nada y yo miro por su ventana y noto que ella sabe que yo sé la verdad, y cambia de postura en mi sofá de jardín. Lleva unos pantalones cortos y se sienta encima de las piernas.
Le digo “no importa en realidad lo que he visto o lo que he creído ver”. Esa ya no es la cuestión. Sé que soy mayor y tú no. Pero ahora me siento como si yo te lo diera todo y tú ya no me dieras nada.
Tiene el pelo recogido con un pasador y varias horquillas y la barbilla apoyada en la mano, es muy temprano, parece que ella está fantaseando con salir afuera, a la luz brillante que hay al otro lado de la ventana mojada, junto a mi sofá de jardín.
“Todo es verde” dice ella. Mira que verde es todo Mitch. Como puedes decir que sientes todo eso cuando fuera todo es tan verde.
La ventana que hay junto a mi cocina se ha limpiado gracias a las lluvias torrenciales de anoche y muestra una mañana soleada, todavía es temprano y fuera todo está muy verde. Los árboles son verdes y la hierba más allá de los badenes es verde y está empapada. Pero no todo es verde. Las demás caravanas no son verdes, y mi mesa de camping que está ahí fuera toda llena de agua y de latas de cerveza y de colillas flotando en los ceniceros no es verde, ni tampoco mi camioneta, ni la gravilla del aparcamiento, ni ese juguete de ruedas enormes tirado de lado bajo una cuerda de tender vacía de ropa junto a la caravana de al lado, en donde vive un tipo con unos niños.
Todo es verde dice ella. Lo dice con un susurro y yo sé que ese susurro ya no es para mí.
Tiro mi cigarrillo y le doy la espalda a la mañana con el regusto en la boca de algo que es del todo cierto. Me giro y la miro sentada bajo la luz en mi sofá de jardín.
Ella está mirando fuera, sentada en el sofá, y yo la miro a ella, y hay algo en mi que no consigue cicatrizar cuando la miro. Mayfly tiene un cuerpo hermoso. Y ella es mi mañana. Digo su nombre.
(de La niña del pelo raro)
lunes, 20 de febrero de 2012
JOSE PEPE CAMPUS- 2 poemas inéditos

Los siguientes poemas son textos inéditos del poeta sanjuanino José Pepe Campus. Fueron encontrados por Pablo Ramos y publicados en su blog "La arquitectura de la mentira". Él es el encargado de reunir su poesía completa.
Poema I
Tú
y mi tiempo
juntos
en mis manos
una realidad
después
un sueño
sin horarios
Poema II
tal vez
eran los dos
apenas una sombra
desde el principio
los ángeles
temprano los dejaron
caminar hacia el fin de la esperanza
soledad anidó en sus manos
poco a poco en la distancia
ni mínima luz
innecesaria guía en el camino
todo gris de siempre
se volvió negro
sólo una voz desde el desierto
llamó
para darles la única realidad de la
existencia
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